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 18 septiembre, 2008  La caja catódica  Añadir comentarios

¡Por fin llegó septiembre! ¡Y parece que la programación televisiva va recuperando la normalidad! Aunque antes de volver a opinar sobre la nueva programación -o digamos mejor renovada-, quiero dejar un compás de espera para ver cómo se desarrolla el panorama.
Mientras tanto, como en su momento hice con otros personajes, les voy a hablar de la Duquesa de Alba, una señora que, aunque nunca pierde actualidad, estas últimas semanas ha estado en el ojo del huracán… porque se quería casar… y no la dejaron sus hijos.
Es desde mi punto de vista vergonzoso que, en los tiempos que corren, aún exista aquello tan medieval como el servilismo, con que, a excepción de los inigualables chicos de «Sé lo que hicisteis…», tratan las televisiones a Cayetana de Alba. Empezando por Jaime Peñafiel, que parece emparentado con todas las casas reales europeas y no da pie con bola, pasando por Mª Eugenia -no soy periodista- Yagüe. Todos, y en todas las cadenas, hablan y no paran de adular el estilo tan personal de vestir de la Duquesa (da igual que se ponga un sombrero de plumas que se vista con la cortina del comedor), ese porte, ese talle, esa melena al viento… Hablan de su vida personal y dicen que fue una joven inconformista para sus tiempos y que tuvo muchos romances de alcoba, algunos desconocidos e inconfesables, ¡todo un ejemplo a seguir!, aunque en mi pueblo, de toda la vida, a eso se le ha llamado siempre «putón verbenero»; pero, ¡claro, se trata de una señora que tiene títulos nobiliarios para alicatar tres cuartos de baño (que diría Chiquito de la Calzada)!
Si en vez de ser ella, se tratara de otra persona, se hubieran estado mofando de ella desde el primer momento en que dijo que con 84 años pensaba casarse con un señor, por nombre Alfonso Díez, de 57. Y si no, remitámonos a hace un año, cuando una señora actriz como Gina Lollobrigida habló de casarse con un chico de poco más de 40 años… Casi la crucifican, y le hicieron la vida imposible, hasta el punto de tener que suspenderla.
Pero ya lo dice el refrán, «tanto tienes, tanto vales», y ahí la tienes, con sus años, sus vestidos de quinceañera, con una cara con más operaciones de cirugía que años tiene, y esos andares de muñeca de famosa que va a Belén, y, a los ojos de los aduladores de turno, sigue siendo joven, bella e incomprendida. ¡Cuánto pelota! ¡Copón!

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