El pequeño cervatillo

En lo más alto de un monte, en una casita de piedras de muchos colores, vivía un pequeño cervatillo. Sus orejas eran de color «VERDE», su cuerpecito «MARRON 2». Tenía unos ojos de cristal que le hacían juego con el enorme cascabel que a su cuello llevaba colgado.
Cuando, en época de nieve, el tejado de su pequeña casa se cubría de «BLANCO», él, con su cascabel «AZUL», llamaba a los niños para que subieran a consolarle, porque se encontraba muy solito.
Los niños de «MONTE NEGRO», que así se llamaba aquel pueblecito donde ellos vivían; guardaban sus tambores, flautas y panderetas en un saco de algodón y subían a cantarle al cervatillo canciones que ellos mismos creaban. Después de haberle cantado una y otra canción, uno de los pequeños dijo a sus amigos: -¿No veis…?, este cervatillo, cuando se siente feliz y contento, sus orejas se ponen de color «ROJO», como nuestras narices.
-¡Sí!, ¡Sí!… ¡Es verdad! -respondieron todos.
El pequeñín dijo: -Estoy pensando que… si bajáramos a este cervatillo a nuestro pueblo y le hiciéramos una casita con ladrillos, agua y cemento, podríamos visitarle todos los días y no esperar a que fuese invierno.
El mayor de los niños contestó: -Me parece una buena idea, tapemos al cervatillo con este saco; hoy mismo lo llevaremos con nosotros, mañana todos juntos le construiremos su nueva casa.
Los niños bajaron del monte muy contentos. El cervatillo tenía sus orejas aún más coloradas que cuando escuchaba las canciones.
«ÉL» sabía lo que le estaba sucediendo, ya no iba a encontrarse jamás solito.
CUENTA EL CUENTO: Que no volvió a tocar más veces su cascabel, ya que lo colocó en la puerta de su nueva casa, y eran los niños quienes lo utilizaban para que el cervatillo les abriera la puerta.
¡Se me olvidaba! – ¿Sabéis…? Sus orejas se volvían de color «VERDE» cuando metido en su cama quedaba dormido.

María Jesús González González (Ariam)

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