A solas con su recuerdo (II)

…nietos. Tanteando el terreno con la garrota, que siempre llevaba a mano, le gustaba bajar el sendero hasta la fuente del pueblo, allí, donde había pasado tan buenos ratos con su Pilar, a la que pellizcaba el trasero, y de vez en cuando, en cuanto ella se hacía la distraída, ¡zas!, le daba un beso. Fue un noviazgo precioso, lleno de historias bélicas contadas por él y que ella «bebía», reteniendo todo en su memoria. Adoraba a aquel hombretón, tan codiciado por sus amigas, y daba gracias al cielo de que se hubiera fijado en ella y la hiciese tan feliz. El viejecito hablaba con ella, como si estuviera presente, sentada a su derecha, como siempre hacía. «¡Pilarcita, mi amor», le decía, «desde que te fuiste ya tenemos 5 nietos y 2 nietas. Nuestros hijos, todos con carrera y la vida resuelta; los 2 mayores, ya sabes que les gustaba mucho ser como yo, un soldado, defensor del honor y la bandera de España, asi que ambos son “legias”. Los otros tienen negocios, y las niñas bien casadas, con criada y todo en sus casas. Por esa parte hemos tenido suerte, porque sólo nos han dado alegrías y satisfacciones. Yo vivo solo en casa, pero la pequeña se está planteando venirse conmigo: dice que estoy torpe y tiene miedo a que me pase algo y no haya nadie para atenderme. Bueno, Pili, querida, ya me voy, que hoy me toca comer con el más pequeño de los chicos!». Puso la mano en el lugar en el que ella se sentaba siempre, pero una pequeña víbora se había enroscado al calor del «humano» y le picó en la muñeca. Alli quedó Julián para siempre, unido al recuerdo de su Pilar.

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