“El jubilata” (¿ese amable desconocido?)

Manuel Bueno
Director de Colesterol Teatro

Los abuelos, ahora, viven estresaos. No tienen paz. Ni dineros para sostener al resto de la familia por la que un día apostaron sin saber porqué. Quizás, porque se lo pedía el cuerpo (lo de follar sin condón, digo), o porque todos, socialmente, se comportaban de ese modo. O sea, por un lado, la ciclogénesis de la entrepierna; por otro, la presión social interesada. Interesada en qué?: en mano de obra barata, porque antes los mañacos en ná ya estaban enganchaos a la rueda del molino de la producción esclavista y carroñera, a cambio de un chusco y a correr.
En la aldea primitiva, los nuevos miembros garantizaban la sostenibilidad futura del grupo, y aportaban, también, alegría en la manada (todo lobezno es un primor). En la aldea global actual, sobran elementos, que no solo no sostienen nada (porque no hay nada que sostener sino a nosotros mismos), y, además, contribuyen a la problemática hambruna que, por desajuste reparticional, padecemos este nuestro grupo de humanos insolentes. O sea, unos ayunan y otros mueren por exceso de sobrepeso e ignorancia. Vamos, que lo de la familia numerosa, de nuestro pasado casposo y bipolar, es un asunto obsoleto, de trascendencia vital para nuestra supervivencia futurible. Ya no hace tiempo de procrear. Ni de darle a la zambomba. Los chinos, los millones de chinos amarillo limón desleído tipo cómic, quieren más. Más qué? confusión, ruina, hambre, guerra y locura, a cambio de unos cuantos granos de arroz? Son tantos que la consciencia individual solo les llega para asimilar el chopsuei de pol-lo (en cantonés se pronuncia así) y el cambio del año chino, día en el que sacan dragones y farolillos a la calle para ir en procesión hasta la otra esquina del barrio y volver.
En la era global actual, deberían repartirse, gratuitamente, condones a granel y el esperma, recogido en esos envases de látex, utilizarlos como crema facial para mujeres y hombres fashion, o cocinarlos como sopas frías para los indigentes, profesionales de la noche de luna llena y aquellos que, por puro snobismo, les gustara succionarlo con pajitas mientras ven una peli de Nacho Vidal. Todo esto y más, pero nunca permitir utilizar el semen para embarazarse (ni al natural ni en vitro, que luego vienen de dos en dos), ni en China ni en Guijuelo (joder, comer jamón y dejaros de comprar potitos pal churumbel), que no estamos pa derrochar, copón!.
Los abuelos de antes, cuando se jubilaban, se ganaban el disfrutar del camino de vuelta. De vuelta para deshacer el camino del aprendizaje inútil, de la sumisión devastadora y la humillación diaria al no ser quien uno es, a cambio de llevarse el pan y la sal a la casa familiar. Sí, la familia es el yugo con el que nos atamos a la noria de las obligaciones mas duras de llevar. Sadomasoquismo puro y duro, cuñao. En las relaciones humanas, el sadomasoquismo se ha instalado como algo que, de tanto repetirse, se percibe como natural y lógico. No lo es. Nos hace tanto daño que, cuando te das cuenta, ya estás tomando seis pastillas al día para permanecer cuerdo. Los veteranos de antes, al jubilarse, volvían a caminar despacio, pensaban en nada para poder sentir (pensar es una pesadilla), disfrutaban otra vez de la rebeldía porque hacían y decían lo que les venía bien (nunca lo que otros necesitan oír), se dejaban llevar por los vericuetos del nunca jamás seré infiel a mi voluntad, ni a mi esencia, ni a mi percepción de las cosas. Volvían al lugar de donde procedían: al vacío del precioso Universo, a la infinitud, a la impronta del presente, a darse cuenta de que en el ahora todo encaja, a reconocer el absurdo de esa angustia por conseguir un techo, un jergón, un polvo, una ficción. El abuelo de antes se plegaba sobre sí mismo y se ensabiaba. Y se llenaba de bondad. Y de comprensión. Y de escucha. Y de ternura. Estar solo alimentaba su equilibrio. Su inquietud se relajaba a la sombra de cualquier atardecer, con el palique de las ranas locas, con los esquejes dibujados en el aire por esquivas golondrinas, observando las caléndulas en el jarrón, que no era chino ni del todo a cien.
Los chinos quieren más hijos, y los abuelos de hoy no pueden con tanto estrés. Los yayo-flautas jubilatas están pluriempleados: hijos, nietos, amigos y vecindario les utiliza como recaderos, guardería a tiempo completo, cocineros o cajeros automáticos. Además, los más activos, se manifiestan por lo que el Estado les roba a diario. Muy pocos les agradecen su entrega inteligente y generosa. O sea, que solo les falta recibir a cambio un agradecido y cálido abrazo para seguir vivos. No te prives.

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