Al hilo de… Los compiyoguis reales y otros afines

Dicen que lo que está a la vista no necesita candil, y es puramente cierto. En estos tiempos, en las cloacas de las altas esferas del poder, a todos los niveles, proliferan como hongos las ciénagas de la corrupción intensiva y variable.
El caso de Cristina, la duquesa desempalmada, imputada y «desinfectada», salvada por su rancia categoría de hija de… y sus compiyoguis, vasallos «reales» defensores a ultranza en grado superlativo, vergonzante y escandaloso, de esta sucia trama manipuladora para dejarla limpia de toda imputación -que es de cajón-, por su falsa «ignorancia supina» de lo que se traía entre manos su cónyuge plebeyo y su avispado compañero de más que sucios negocios fraudulentos, y que ella, feliz y enamorada, «ignoraba», porque vivía como Alicia en el País de las Maravillas, en su cuento real. Como buena «ignorante», Cristina no sabía nada, no tenía percepción ni conocimiento de nada, ni le constaba nada, estaba en el limbo, era como una mujer «sencilla del pueblo sin estudios y algo simple», que confiaba a ciegas en su marido y no sabía -aunque estaba en un banco no de madera- de sus negocios ni de sus cuentas bancarias, ni del dinero que entraba en su casa. Esta desvergonzada causa de Cristina de Borbón, más la de su marido Iñaki, se une a las de los demás capitostes del poder desde todos los ángulos y componen la cuadratura del círculo destruyendo pruebas, expoliando, y robando sin límites, masivamente, con manifiesta impunidad y nocturnidad, el valioso dinero de las arcas del Estado que aportan la mayoría de los contribuyentes de a pie, pues los que van en limusinas y «desayunan con diamantes» de falsa propiedad se escaquean y se escapan, con artilugios, argucias y triquiñuelas, dándole al manubrio que ellos magistralmente manejan a su antojo y conveniencias; no como los robagallinas de a pelo sin más, que de ellas sólo les quedan las plumas como delito, que así les va. Sin indultos, prescripciones y demás ayuda de eficientes y caros defensores que los limpien y los salven del «talego».
Esta factoría al por mayor de compiyoguis batracios de la charca cenagosa de los corruptos al uso, de la alta esfera política, no deja de aflorar la nauseabunda mierda con la que están envueltos; pero tienen un don, el de ser tan buenos actores que se merecerían el célebre Óscar de Hollywood, por sus cínicas charlas ejemplarizantes de ética, honradez y deberes con Hacienda; y sus magníficas interpretaciones de ser «inocentes y honestos», pero no cuela. Las irrefutables pruebas de sus desmanes los desmienten. Si a estos delincuentes sin presunción alguna les creciese la nariz como la del célebre y tierno Pinocho, serían tan largas que tendrían que sostenerlas con una muletilla de apoyo con ruedas. Y Cristina de Borbón y su mala y deficiente interpretación del argumento, la farsa para salvarla, consiguió lo buscado; pero en su actuación defensiva, su rostro era toda una patética expresión que denotaba -y se leía en él- la intragable mentira. Y ella ostentaría tal récord de longitud en nariz que le ayudaría a llevarla un fiel lacayo.
Posdata: Según dijo Cristina a alguno de sus compañeros de banquillo, en el macrojuicio, estaba deseando que terminase todo para irse de este país; el país que pagó a su progenitor sus estudios, le dio una corona y un trono, y al mismo tiempo los alimentó a cuerpo de rey -nunca mejor dicho- a todos ellos, con el dinero de las arcas del Estado de los contribuyentes plebeyos sin pedigrí, alcurnia, ni prosapia alguna.

Josefina García

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