Mi estancia en Lourdes

Como casi todos los años y en el mes de julio, mi esposa y yo visitamos la ciudad de Lourdes (Francia), conjuntamente con la Hospitalidad de dicho nombre de Torrevieja y unidos a la Hospitalidad Diocesana, organizadora de estos viajes. Esta peregrinación, hace ya unos 20 años, se realizaba en tres trenes especiales, uno salía desde Orihuela, llamado «El Verde» por aquello de la Vega Baja, otro salía desde Elche, llamado «El Amarillo», y el tercero desde Alicante, llamado «El Azul». En totalidad, las personas que componían la peregrinación superaban los dos millares, teniendo en cuenta que salía más caro porque amortizábamos el coste de los enfermos que eran trasladados.
Actualmente, el número de personas que componen la citada peregrinación es de medio millar, o sea, que ha bajado un 77%, esto es debido a la crisis económica, pues muchas familias ya no pueden gastarse lo que cuesta el viaje por persona, también ha influido la secularización de muchas personas que no tenían una fuerte vocación religiosa, o sea, las que iban buscando un viaje de placer, las que les gustaba pasear el uniforme y no trabajar y, por qué no decirlo, la deficiencia en la organización de dicho viaje.
Este año hemos probado una nueva modalidad para trasladarnos a Lourdes, ya que el viaje en autobús, como se viene haciendo últimamente, resulta muy pesado, pues son unas 18 h. de viaje. Los que han querido coger el nuevo sistema, aunque resulta un un 40% más caro, ha sido el siguiente: hemos viajado en tren Alvia hasta Huesca, trayecto que se ha realizado en 5 h. y, desde dicha ciudad a Lourdes en autobús, cuyo trayecto se ha hecho en 3:30 h., por lo que ha resultado más cómodo y rápido que en autobús.
En los tres días completos que hemos pasado allí, he podido apreciar los miles de personas que, de todas las nacionalidades, no damos cita en este lugar, donde se apareció la Santísima Virgen María, que, como Ella misma le dijo a Santa Bernardette Soubirous, cuando ésta le preguntó quién era, le dijo: yo soy la Inmaculada Concepción. Me ha llamado mucho la atención la inmensa cantidad de jóvenes venidos de casi todo el mundo, a venerar el lugar donde se apareció la Virgen, la Gruta de Masabielle, todos con una organización y orden espectacular, donde no se han visto, ni botellones, ni borrachos, ni balconing, ni sexo en las calles, lo que sí se ha podido apreciar es el amor y la atención que unos se prestan a otros aún sin conocerse y no hablando el mismo idioma, pero sí con un corazón inmenso de sana alegría y comportamiento, asistiendo a todos los actos litúrgicos y, los organizados para todos los jóvenes.
Yo he trabajado muchos años en las llamadas piscinas, donde las personas que lo desean ofrecen este sacrificio por algún motivo, bien sea de gracias o bien, por algún familiar o ellos mismos, porque el agua no se pueden ustedes imaginar lo muy fría que está. Nuestro trabajo consistía en ayudar a las personas a rezar las oraciones pertinentes, así como, cogiéndolas de los brazos y hombros, introducirlos dentro del agua, sacarlos y ofrecerles, en todo momento, la intimidad necesaria para que no se sintiesen azorados o avergonzados de su desnudez. Esta acción también está considerada como un segundo bautismo ante el Señor y la Virgen.
Mi esposa trabajaba como dama enfermera, cuyo trabajo consistía en cuidar, lavar, levantar y acostar a las enfermas, así como limpiar y asear las estancias que se ocupaban en el hospital de enfermos. Debido a un accidente en Santo Domingo de la Calzada, tiene afectadas tres vertebras, por lo que ya no puede realizar dichos esfuerzos y, además también está jubilada.
Actualmente, mi edad no me permite realizar los esfuerzos necesarios que hay que hacer con las personas en las piscinas, por lo que, mi esposa y yo, vamos como peregrinos casi todos los años. Los pocos que hemos faltado a la cita con la Virgen ha sido como consecuencia de algún impedimento importante.
¿Qué hacemos los peregrinos? Pues unos van a conocer los lugares donde vivió Bernardette, donde se bautizó y los alrededores tan bellos que existen en las faldas de Los Pirineos; otros, como es nuestro caso, después de tantos años asistiendo a la visita a la «Señora», como se la suele llamar, nos dedicamos a la oración y a la contemplación del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, representado en el Pan y el Vino, como el nos lo dijo: «Tomando un trozo de Pan, dio gracias y lo ofreció a sus discípulos diciéndoles “Tomad y comer que esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”, y, seguidamente, hizo lo mismo con el vino, diciendo “Tomad y beber, que esto es mi sangre derramada por todos vosotros y por muchos, en perdón de los pecados”».
Yo sé que muchas personas no llegan a entender y comprender esto, y menos que el amor de Dios es lento a la cólera y rico en piedad, o sea, que todos hemos sido perdonados por su sacrificio en la Cruz.
Yo suelo ir a una capilla pequeña, de construcción circular, donde en el centro se encuentra una custodia muy sencilla, con el Cuerpo de Cristo, de unos 20 cm. de diámetro, y allí suelo pasar horas hablando con Él y escuchándole a través de los evangelios, aunque ustedes lo tomen de la manera que quieran. Uno sale feliz y confortado y con deseos de amar a los demás como Él nos ama, aunque, a veces, uno cae en sus debilidades.

Carlos García

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