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Blog de Jon Oria

La dialéctica del miedo como fenómeno observable

Jueves, 26 de enero, 2012

Søren Kierkeegard (1813-1855)

Hay sentimientos que se contraponen al poder de decisión de la mente, pues el proceso de su propia involución crea sus propias reglas de juego, que escaparán a nuestro control. Si se analiza la sensación del miedo, por ejemplo, diría Herman Hesse (1877-1962, Premio Nobel 1946), éste huirá a la escampada, pues el terror tiene pavor de sí mismo, al no prever lo que pudiera ocurrir en el futuro. Esta reflexión existencial le llevó a Hesse a concluir que nos falla la libertad en su manejo, causándonos esa sensación extraña de inseguridad que otros aprovecharán para utilizarnos: La hemos sentido de pequeños cuando nos amenazaban con las llamas del infierno o con calentarnos el trasero, o ahora con el temor a perder el empleo o los ahorros de toda una vida.
Erich Fromm precisaría en su análisis sobre el «Miedo a la Libertad» que si se teme a alguien es porque se le ha concedido poder sobre uno mismo. El tema es de siempre, como lo testifican los proverbios populares de muchas culturas como la china, que dictaba: «El que teme sufrir ya sufre el temor». Pero si alguien llegó a las raíces del problema fue sin duda el pensador danés Søren Aabye Kierkegaard (1813-1855), que consideraba a la conciencia de existir como sensación de miedo, ansiedad, terror, pánico o angustia. Analizó el texto bíblico para reforzar sus creencias, pero topó con el temor de tener que aceptarlas como un sacrificio que definió «Frygt og Baeven» (Temor y Temblor), exigiéndole, como a Abraham, que se arriesgase a llevar a cabo el mandato divino sacrificando a su propio hijo Isaac.
Y habrá que hacerse cargo de que el mundo de los sentimientos y de los pesares humanos es mucho más complejo que el espectáculo macabro de un complot de marionetas que se disuelve simplemente con sólo bajar el telón.

HECHOS Y DICHOS
A cada día le bastan sus temores, y no hay por qué anticipar los del mañana. Charles Péguy

PROVERBIO ESCOCÉS
No hay médico para el miedo

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«Mens sana in corpore sano»

Jueves, 22 de diciembre, 2011

La medicina carece de reglas (Juvenal)

He pasado varias horas tratando de digerir los consejos de los curanderos que nos mantienen en forma, pero lo único que logramos clarificar es que se valora verdaderamente la salud cuando comienza a resentirse.
Los antiguos simplificaban el tema con una reflexión: «Es demasiado fácil aconsejar a otros cuando se está sano», implicando que la salud y la enfermedad sólo se especificarán según las características de quien las posee, y me conmovió el reportaje médico de José de Letamendi: «El médico que a la vez no es filósofo no es ni siquiera médico». Porque muchos se trazan un plan de vida que tiene claros «síes» y oscuros «noes», aunque resulten difíciles de mantener, como por ejemplo: No abusar de los remedios, reducir la cantidad de alimentos eliminando las grasas, salir al campo y sentirse siempre acompañados, y aconsejados del clásico «ne quid nimis», no pasarse en nada. Se trata, pues, de algo conjetural, imposible de definir y viene a cuento el dictamen de Francisco Quevedo: «Haz uso de la salud porque no dura mucho y si no se gasta no se goza».
Se atribuye a Juvenal la autoría de la célebre frase «mens sana in corpore sano» (la mente sana está siempre en un cuerpo sano), pero debe de ser más antigua, pues se notan resquicios de las conexiones entre el estar sano y el sentirse bien desde tiempos inmemoriales.
Y qué mejor para completar los dictámenes sobre la salud, que entrar de lleno en las opiniones médicas. Habrá que tratarlas con respeto, sin osar meterse con los afectados por una enfermedad, pese a que «cuando estamos sanos», diría otro clásico, Terencio, «todos tenemos buenos consejos para quienes no se sienten bien».

HECHOS Y DICHOS:
La investigación de las enfermedades ha avanzado tanto que es cada vez más difícil encontrar a alguien completamente sano. Aldous Huxley

ANÓNIMO
Cuando un médico recomienda a un enfermo que cambie de aires es que ya no sabe qué hacer con él.

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Guerra y paz. Entrevista a Gillian Burden, Chairwoman of the Royal British Legion

Jueves, 1 de diciembre, 2011

Con esta crónica de noviembre sobre el Remembrance Day celebrado en la Urbanización de San Luis, aprovechamos la oportunidad para poder entrevistar a la Chairwoman de la Royal British Legion en Torrevieja, Gillian Burden. Gillian es conocida en muchos sectores de la Vega Baja y nos ofrece «details» de su curriculum antes de venir a vivir en la Vega Baja en 2006. Le preguntamos: -«¿Cuáles son sus conexiones con las fuerzas armadas inglesas?». -«Nací en Bristol al sur de Inglaterra y, tras mis años juveniles, me incorporé a la Royal Navy, llegando a ser Chief Petty Officer».
-«¿Cuáles fueron los motivos de escoger a San Miguel de Salinas tras su retiro de la Navy? -«La principal razón fue el tiempo y la tranquilidad de poder vivir en San Miguel de Salinas con vistas a la Laguna salinera de Torrevieja».
-«¿Qué se conmemora con el Remembrance Day en noviembre de cada año?» -«Tratamos de celebrar el final de la Primera Guerra Mundial el 11 de noviembre de 1929 con la amapola, la única flor que florecía en la región de la Picardie tras la devastación de la guerra».
- «¿Tiene connotaciones políticas o religiosas el Remembrance Day? -«En absoluto. Está abierto a todas las culturas y lo celebramos en todas las partes del mundo. Aquí en la provincia de Alcante tenemos infinidad de “branches” o centros y la más importante está en El Hondón. Para más información sobre las actividades de la Royal British Legion en Torrevieja, ver en www.rbltorrevieja.com. Adelantamos que el año próximo se celebrará el 90º aniversario con un festival en Alicante».
Terminamos con la reflexión de que el tema de la Guerra y la Paz ha sido objeto de obras literarias importantes, por lo que Thomas Mann nos recueda que «la guerra es una salida cobarde a los problemas de la paz».

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La logística del dinero se basa siempre en que es imprescindible

Jueves, 17 de noviembre, 2011

 (máximas y graffitti)

Hay temas que, por su inevitabilidad, forman parte de los tópicos de cada día, pero no siempre se tratan debidamente desde el punto de vista de que hay otra manera de formularlos.
Por ejemplo, en tiempos de crisis se aguza la inventiva, aunque las listas de decenas de dichos populares sobre el dinero no las inventaron los ricos. He decidido pararme en algunas de las máximas que delatan su procedencia, pues logran reducir a lo mínimo la observación a través del cristal con que se hayan observado: Un griego vuelve la vista a lo clásico cuando dictamina: «En la necesidad se aprecia más la sabiduría», mientras que el indio se inclina hacia el interior del que lo experimenta: «La riqueza está en el alma»; los italianos, en cambio, quieren ser más prácticos: «Lo bueno cuesta menos que lo malo», aunque el alemán no se fía de lo que aprecia: «Demasiada suerte puede ser mala suerte»; aunque la picaresca priva en nuestras tierras de observación aguda: «Quien tiene din tiene don», y en el Uruguay: «Delante del rico calla el pico».
Resulta igualmente curioso anotar lo que se les ha ocurrido no ha mucho a algunos «squatters» (ocupas) en Nevada, USA, al instalarse en calles sin numeración para que no se metan los vecinos contra ellos: algunos hacen sus dinerillos escribiendo los números de las casas en los bordillos de las aceras con aerosoles en negro o pintando graffitti en los muros en declive: «La libertad es frágil» o «el dinero es inalámbrico en este barrio», y se cita una pintada en la «Savings Bank» del lugar que es la irrisión de los lugareños: «Sólo prestan dinero los pesimistas».
En serio o en broma, mantienen que gracias a que falta el «dindis» se evitan conversaciones más tontas, aunque exponiéndose al doble sentido de los proverbios chinos sobre su ambivalencia pues «cuando el dinero habla alto, la verdad tendrá que bajar la voz».

HECHOS Y DICHOS
La riqueza es como el agua salada; cuanto más se bebe, más sed da. Arthur Schopenhauer

PANCARTA DE INDIGNADOS
Money-Gold: Es mucho para pocos, pero poco para muchos

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Escribir no es describir sino olvidarse de lo que se iba a relatar Lyn Yutang (1895-1976)

Viernes, 4 de noviembre, 2011

Suelo devorar artículos doquiera los encuentro, pero con sólo fijarme en el título o no pararán mucho tiempo en mis manos o me engancharán tras la lectura de un par de párrafos, y no suelo equivocarme.
Hoy he visto uno invitándome a navegar por el piélago sin límites de la cultura china, y no se trataba de descripciones turísticas de la célebre Muralla con sus 8.851 kilómetros, que deja tamañicas las grandes proezas del pasado. Se trataba más bien de una reflexión sobre su historia a través del exitoso «bestseller» de Lyn Yutang: «La importancia de vivir» (1937), que él definiría como «la filosofía ociosa que nace de la vida ociosa», fruto de la lectura de los mejores escritores y filósofos chinos y de la observación minuciosa de lo que le rodeaba. Pero su mejor maestro había sido su abuelo paterno, gran apasionado de la historia, la filosofía y las costumbres ancestrales de China. Yutang nació en Zangzhou, conocida como la ciudad del Dragón, no muy lejos de Changhai, pero emigró con los suyos a Salem, Massachusets (USA), adonde hizo trasladar la casa ancestral de madera pieza a pieza para recrear su pasado e inventó una «ming kwai» o máquina de trascribir los caracteres chinos, para sentirse más cerca de su maestro Confucio cuando dictaminaba que «no es la verdad lo que nos engrandece, sino que nosotros engrandeceremos la verdad», como si todo lo que planeamos formara parte de una totalidad global, sin distinguir lo grande de lo pequeño.
Lyn Yutang, candidato para el Nobel en literatura, gozaba coleccionando detalles de lo que hacemos casi instintivamente, como cuando nos relajamos tras haber conseguido terminar algo, pues sólo entonces valdrá la pena descansar: «El hombre educado», decía «logra juntar al unísono los amores y los odios», una observación aguda de las razones para continuar las tareas diarias, que es la manera más simple de filosofar si luego reflexionamos sobre el vivir de cada día.

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El equilbrio en la felicidad sólo reside dentro de nosotros mismos Jean Cocteau

Jueves, 20 de octubre, 2011

No sé lo que tienen las mañanitas del domingo cuando la gente hormiguea entre el creer que están más libres y el temblor de levantarse tarde para no hacer nada. Yo, en cambio, bostezo varias veces antes de decidirme a despegar las sábanas, esperando que algo alentador venga a mi encuentro.
Pero es que hoy me veo abrumado con tantas citas antiguas y modernas de reflexiones sobre lo que realmente nos hace felices. Es verdad que el mero hecho de pretender que florezca la «Happiness» en la vida ha producido obras maestras en todas las esferas, sobre todo en la manera de controlar los propios sentimientos: «Sólo puede ser feliz», decía Confucio, Maestro del pensar con mayúsculas, «el que logre estar contento con lo poco o mucho que posea», porque la riqueza interior ni se compra ni se vende, hasta que nos atrevamos a donarla gratis a otros como un bien insaciable.
Jean Maurice Eugéne Clément Cocteau (1889-1963), «enfant terrible», creó obras de arte con todas las técnicas que le venían a mano: poeta, novelista, diseñador, cineasta, quería hacer bella la Felicidad, «pues su ausencia es en sí algo horrible», decía, aunque, en su optimismo por alcanzarla, llevaba a cabo infinidad de proyectos casi todos dispares que con mucha frecuencia le agobiaban, si no encontraba la paz cuando más la necesitaba.
Abundan los retruécanos sobre la dicha y el infortunio, pues ambos florecen al azar, aunque con frecuencia la felicidad parece el eco de las desgracias que habrá que asumir con «tranquilidad de espíritu»; el escritor ruso León Tolstoi explicaba en sus novelas que el bienestar no consiste «en hacer lo que se quiere, sino en querer lo que se hace», si bien insinuando que «el mayor de los errores sería adquirir la mala costumbre de creerse siempre infelices».

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El silencio es visual pues se puede interpretar sin palabras. Un espejo taoísta.

Viernes, 7 de octubre, 2011

Cuando al anochecer pretendo sumergirme en una imagen sin palabras esperando que aflore como expresión vívida, la he de imaginar de soslayo en los espejos del hall que enmarcan la entrada al «living room», pues sólo entonces nadie robará el tiempo dedicado a recrear los eventos del día.
Para ello, me he sumergido hoy en el pensamiento del oriente a fin de interpretar sus ecos en el oeste, que ha sido mi lema desde que me topé con los paradigmas de los orientales a través de una colección de textos del Tao que bajé hace tiempo por la red y que forman parte de mis lecturas ocasionales. Supongo que lo que caracterizará mejor al silencio interno taoísta, comparándolo con el valor que damos al «verbum» o palabra en el occidente, es que aquí lo convertimos en una expresión factual de imágenes o sonidos, según aquel texto célebre neoplatónico de comienzos de nuestra era: «In principio erat verbum» (al comienzo fue la palabra), que la tradición oriental cambiaría en «es imposible que haya logos si no precede el silencio». Y basten dos pequeñas citas del Tao: «Quien sabe no habla», de Tao Té King, y «La mente del sabio fondea en la quietud» de Zhuang Zi.
Pero hay hornacinas preciosas también en la cultura del occidente sobre el mutismo antes de expresar algo, o sobre el silencio en sí mismo, como el refrán árabe «callar es el muro que protege a la sabiduría», aunque el consejo de Lucio Anneo Séneca, «si pretendes que otro guarde silencio, comienza por callarte tú primero», no pasará de un consejo hábil como base del ámbito de la comedia humana que «se convertirá en el camino que nunca nos traicionará en la vida», pensaba Friedrich Wilhelm Nietzsche. Y he aquí otro para ilustrar el rol de la quietud entre nosotros: «El silencio es una felicidad a la que sucumbo siempre», de François Mauriac.
Y cómo terminar mejor la tarea vespertina, antes de arroparme en el misterio de lo que pasó durante la jornada, que tratar de conservarlo todo como testimonio de que aún vivimos. Yo suelo agarrarme a algún dicho que recuerdo de memoria, y este atardecer, antes de cerrar este párrafo final, me ha venido al recuerdo uno del «Lao Te Ching» de Lao Tse que nunca he tratado de cotejar porque ha sido mi compañero: «Aprende por fin a ser silencioso como el espejo. Simplemente escucha para que no se desvanezca tu energía vital», y pronto me derrumbaré entre las sábanas, pero antes de entregarme al silencio nocturno voy a cuestionar mi propia memoria: ¿Es verdad que los bazares chinos son menos bulliciosos que nuestros mercadillos callejeros?

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El demonio del mal como instinto del corazón Edgar Allan Poe

Viernes, 23 de septiembre, 2011

El demonio del mal como instinto del corazón   Edgar Allan Poe

Es más fácil describir lo bueno que nos ha pasado que lo malo que nos puede ocurrir, encontrando oídos atentos a lo mejor, excepto si leemos las malas noticias o las vemos en la pequeña pantalla, pues nos pueden afectar como ocurriéndonos a nosotros mismos.
Y es que no han cambiado las reacciones generacionales en verse atraídas por los escalofríos que producen los tiritones de las experiencias macabras. Lo delatan las carteleras de siempre, los pósters que cuelgan deshilachados bajo los puentes de las autopistas, pero sobre todo las crónicas de revistas y periódicos que se despliegan en cualquier sala de espera, pues desespera el no poder leer en aquellos momentos algo que calme el dolor de muelas o la pesadez de espalda, los males de siempre según vayas avanzando en edad.
Pero pasando al tema de lo que leemos, a mí siempre me ha afectado la unidad de vida y obra en los datos biográficos del escritor estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849), poeta maldito para algunos, que murió como consecuencia de sus despilfarros, víctima del alcohol y de las drogas. Nacido en Estados Unidos pasó sus primeros años en Inglaterra tras la muerte de sus padres, y prefirió escribir cuentos cortos a novelas, haciéndolo a veces en versos, como el poema del «cuervo», en que dialoga con él como con el eco de las acusaciones de su mala conciencia. Es una mezcla de superchería y malos augurios, pues el ave de plumas oscuras le sirve como un pentagrama de recuerdos terribles cuando supeditaba los momentos difíciles a sus propias flaquezas. Se le lee siempre a Allan Poe con el temor de que lo peor se va a apoderar de nuestras flaquezas más básicas, según él mantenía: «El demonio del mal es uno de los primeros instintos del ser humano», quizás esquivando enfrentarse a su vida privada.
El secreto del éxito contra el mal, escribió Virgilio en verso, está en no ceder en sus principios, pues de lo contrario se propagará fácilmente como las enfermedades. Platón lo achacaba a que no estamos preparados, pues nadie es malo por naturaleza, aunque, según él, «de virtud hay sólo una especie, pero de maldad demasiadas». Y las citas se multiplican en la Wikipedia, si bien he escogido la del sociólogo y economista Eric von Hippel, avisándonos de que nuestro mal comportamiento con los seres vivos puede resultar en nuestro propio detrimento: «El mal que cada uno lleva en sí, lo castiga duramente en todos los otros», como si encontráramos un placer aristocrático en desagradar a los demás, mantenía Charles Baudelaire, otro de los grandes analistas de los «poètes maudits».

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El amor y la sabiduría compartiendo el pensamiento. Leo Tolstoy (1828-1910)

Jueves, 8 de septiembre, 2011

Con la llegada de los calores veraniegos nos sentimos más semejantes los unos a los otros, no tanto en las playas y piscinas sino en el contacto real de lo cotidiano que no escapa a las utopías de los pensares.
No ha mucho, vi salir de una ermita campestre local una procesión de cortejos nupciales, que en la distancia parecían surcos de trigales veraniegos todavía sin segar. Y me imaginé historias y más historias de las que llenan los periódicos, las revistas del corazón o la pesadas crónicas televisivas de relleno de las tardes calurosas. Y es que de nuestras impresiones y recuerdos hacemos nuestros propios relatos como si se tratara del uso del sistema métrico decimal para ocultar lo que realmente pasó.
Pero toda esta parafernalia aburrida me hizo ojear la historia del escritor ruso Leo Nikolayevich Tolstoy (1828-1910), nacido de estirpe aristocrática en Nasnaya Polyana, una mansión ancestral al sur de Moscú que se puede reconstruir mentalmente siguiendo sus novelas: para animarme bajé por Internet su relato de la vida de «Ana Karenina» que había leído de joven, en que el amor compartido desafía todas las culturas, imponiendo sus propias leyes con premios y castigos; «Muchas familias felices se asemejan tanto o más que las desgraciadas, aunque sea de manera diferente», mantenía Tolstoy. Y lo evidenció refugiándose al morir en Astapovo, una estación de unión de líneas ferroviarias ahora célebre, donde su único acompañante y discípulo, Vladimir Chertkove, describió su muerte como la de un genio, abandonado de todos, parecida a las crónicas del calvario del Jesús de Nazaret o del Buda que expiró como naciera, bajo un árbol, de quien se recuerdan sus últimas palabras: «La decadencia es inherente a todo lo que existe».
Y quiero refugiarme de lo fácil bajando frases que hagan reflexionar que «nuestros primeros pasos en la vida pertenecen siempre al amor hasta que el Eros logre convertirse en pensamiento», diría Albert Einstein, quien hace recordar al Platón de los enamorados: «Con el amor todos se vuelven poetas». Pero, volviendo a lo cotidiano, a lo que pertenece el amor, del que diría uno de los analizadores del pensamiento de cada día, Blaise Pascal: «Nos enamoramos a base de hablar todo el tiempo del amor. Nada es más fácil». Pero habrá que evitar los peligros de la aventura romántica y peligrosa descrita en las novelas, en el teatro, en la televisión y ahora en la web o en Facebook, más que en la vida real. Ya en tiempos antiguos reflexionaba Sófocles sobre lo difícil de elegir sabiamente: «¿Me preguntas si debo o no casarme, cuando no podré nunca arrepentirme de haberlo o de no haberlo hecho?». Pues en ambos casos nadie escapa a las utopías de lo vivido.

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La luna de agosto acompañada de marte y de las estrellas fugaces. El Mito Maya del conejo y más.

Jueves, 25 de agosto, 2011

Me he perdido en la variedad de mitos sobre las fases de la luna, pero me han fascinado los relatos chimantecos sobre la familiaridad con que vivían como gemelos Ye (el sol) y Cy (la luna) en la casa de una anciana del Yucatán, acostándose y levantándose a sus debidos tiempos. Aún así, las leyendas de los mayas son una pasada: narran que las sombras de la luna las produjo el impacto de un conejo cuando el dios Quetzalcóatl lo transportó hasta la faz de la luna, para esculpir allí sus contornos: su oreja izquierda se convirtió en lo que ahora conocemos como el Mar de la Tranquilidad, la derecha en el Pélago del Néctar y el resto del cuerpo configuraría el Océano de las Tormentas, y fue precisamente allí donde aterrizó la nave espacial, Apolo XI el 21 de julio 1969.
Otra efeméride más cercana a nosotros fue el eclipse total de la luna el 15 de junio pasado, cuando la luz de Silene (la luna en la Leyenda de Osiris) se interpuso a la de Ra (el Sol), todo un espectáculo de sombras y matices de colores que fue seguido por millares de espectadores. Los hindúes interpretaban estos eclipses totales tratando de explicar los comienzos de nuestro mundo planetario: según sus mitos cosmológicos, el Sol y la Luna se enamoraron y, como resultado de aquella Luna de Miel, la tierra les sirvió de támalo nupcial, de la que se levantaría la Silene enrojecida de rubores para ser madre de todo lo que tiene vida. Pero no os perdáis la próxima llegada de Marte al mundo estelar de nuestro entorno. Será del día 27 de este mes en adelante cuando esté más cerca acompañada por los dardos de los dioses más primitivos, esas estrellas fugaces de las noches de agosto, descritas en las tablillas sumerias cuneiformes de hace miles de años como «el brazalete repujado» del asteroide Niburu.

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Ley y libertad en perfecta armonía Erasmus Rotterdamus

Jueves, 11 de agosto, 2011

Hay temas que afloran siempre, generación tras generación, sin que puedan resolverse completamente: por eso vuelven a aparecer, aunque con piel de oveja buena o de carnero rebelde.
Y es que debajo de la gamuza de charol, con gritos de «Vive la Liberté», se presiente la dificultad de definir en términos exactos en qué consisten la ley y la libertad sin caer en el desenfreno, ya que resulta difícil definir la una sin la otra, pues han de mantenerse en perfecto equilibrio para que puedan funcionar independientemente. «Sus variantes se pueden incluso aplicar al arte, a la filosofía o a la vida política, según estemos motivados por los sentimientos, por el pensar libre o por el derecho a pensar de otra manera», matizaba Victor Hugo en unos tiempos en que las revoluciones hacían zozobrar las vidas de los ciudadanos, y G.W.F. Hegel insistiría en que la Historia no era más que la conciencia de haber logrado solucionar este entuerto entre generaciones.
Si es famoso Erasmo por alguna cosa es porque enseñaba que sólo se resuelve el respeto a las opiniones de otros al reconocer que todos somos diferentes. Había nacido en el Rotterdam de los Países Bajos, ahora Holanda, en 1466, en plena campaña de Reforma-Contrarreforma que bifurcó a la Europa naciente en dos direcciones. Fue un periodo marcado por la cumbre del Renacimiento Humanístico, dentro del cual el pensador de Rotterdam brilló como una de sus cumbres majestuosas. Los lugareños le conocían como Geert Geertsen, el hijo de Gerardo, pero su nombre será para siempre Erasmus Rotterdamus, en latín, con que solía firmar sus obras por respeto a los clásicos de la cultura occidental. Es conocido como maestro de los maestros por sus célebres «Adagia» o refranes que escribía como comentarios a escritores latinos antiguos o a sus experiencias cotidianas, y se conservan más de 4.500.
Le tocó diferir de las opiniones de sus contemporáneos sobre la libertad de opinión y de los sistemas educativos, rechazando el concepto luterano de que sentirse libre implica ser esclavos de la ley («de Servo Arbitrio», escribió Lutero) y tampoco aceptaba la educación tradicional de su tiempo, que definió como «el quebranto de la voluntad», describiendo sus sistemas como «cárceles de la libertad». Resolvió el cotarro de que es imposible solucionar la «oppositio in terminis» que otros verían entre la ley y la libertad» con su adagio «La felicidad es el resultado de ser lo que uno es». Muchos aforismos latinos vienen aquí al caso: el «nequid nimis» (no te pases) o «virtus in medio consistit» (la virtud está en el término medio); por eso me encanta leer a Erasmus, ya que rechaza el trabajo que implique rutina, pues no sirve para el aprendizaje.

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