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Escribir no es describir sino olvidarse de lo que se iba a relatar Lyn Yutang (1895-1976)

Viernes, 4 de noviembre, 2011

Suelo devorar artículos doquiera los encuentro, pero con sólo fijarme en el título o no pararán mucho tiempo en mis manos o me engancharán tras la lectura de un par de párrafos, y no suelo equivocarme.
Hoy he visto uno invitándome a navegar por el piélago sin límites de la cultura china, y no se trataba de descripciones turísticas de la célebre Muralla con sus 8.851 kilómetros, que deja tamañicas las grandes proezas del pasado. Se trataba más bien de una reflexión sobre su historia a través del exitoso «bestseller» de Lyn Yutang: «La importancia de vivir» (1937), que él definiría como «la filosofía ociosa que nace de la vida ociosa», fruto de la lectura de los mejores escritores y filósofos chinos y de la observación minuciosa de lo que le rodeaba. Pero su mejor maestro había sido su abuelo paterno, gran apasionado de la historia, la filosofía y las costumbres ancestrales de China. Yutang nació en Zangzhou, conocida como la ciudad del Dragón, no muy lejos de Changhai, pero emigró con los suyos a Salem, Massachusets (USA), adonde hizo trasladar la casa ancestral de madera pieza a pieza para recrear su pasado e inventó una «ming kwai» o máquina de trascribir los caracteres chinos, para sentirse más cerca de su maestro Confucio cuando dictaminaba que «no es la verdad lo que nos engrandece, sino que nosotros engrandeceremos la verdad», como si todo lo que planeamos formara parte de una totalidad global, sin distinguir lo grande de lo pequeño.
Lyn Yutang, candidato para el Nobel en literatura, gozaba coleccionando detalles de lo que hacemos casi instintivamente, como cuando nos relajamos tras haber conseguido terminar algo, pues sólo entonces valdrá la pena descansar: «El hombre educado», decía «logra juntar al unísono los amores y los odios», una observación aguda de las razones para continuar las tareas diarias, que es la manera más simple de filosofar si luego reflexionamos sobre el vivir de cada día.

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El equilbrio en la felicidad sólo reside dentro de nosotros mismos Jean Cocteau

Jueves, 20 de octubre, 2011

No sé lo que tienen las mañanitas del domingo cuando la gente hormiguea entre el creer que están más libres y el temblor de levantarse tarde para no hacer nada. Yo, en cambio, bostezo varias veces antes de decidirme a despegar las sábanas, esperando que algo alentador venga a mi encuentro.
Pero es que hoy me veo abrumado con tantas citas antiguas y modernas de reflexiones sobre lo que realmente nos hace felices. Es verdad que el mero hecho de pretender que florezca la «Happiness» en la vida ha producido obras maestras en todas las esferas, sobre todo en la manera de controlar los propios sentimientos: «Sólo puede ser feliz», decía Confucio, Maestro del pensar con mayúsculas, «el que logre estar contento con lo poco o mucho que posea», porque la riqueza interior ni se compra ni se vende, hasta que nos atrevamos a donarla gratis a otros como un bien insaciable.
Jean Maurice Eugéne Clément Cocteau (1889-1963), «enfant terrible», creó obras de arte con todas las técnicas que le venían a mano: poeta, novelista, diseñador, cineasta, quería hacer bella la Felicidad, «pues su ausencia es en sí algo horrible», decía, aunque, en su optimismo por alcanzarla, llevaba a cabo infinidad de proyectos casi todos dispares que con mucha frecuencia le agobiaban, si no encontraba la paz cuando más la necesitaba.
Abundan los retruécanos sobre la dicha y el infortunio, pues ambos florecen al azar, aunque con frecuencia la felicidad parece el eco de las desgracias que habrá que asumir con «tranquilidad de espíritu»; el escritor ruso León Tolstoi explicaba en sus novelas que el bienestar no consiste «en hacer lo que se quiere, sino en querer lo que se hace», si bien insinuando que «el mayor de los errores sería adquirir la mala costumbre de creerse siempre infelices».

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El silencio es visual pues se puede interpretar sin palabras. Un espejo taoísta.

Viernes, 7 de octubre, 2011

Cuando al anochecer pretendo sumergirme en una imagen sin palabras esperando que aflore como expresión vívida, la he de imaginar de soslayo en los espejos del hall que enmarcan la entrada al «living room», pues sólo entonces nadie robará el tiempo dedicado a recrear los eventos del día.
Para ello, me he sumergido hoy en el pensamiento del oriente a fin de interpretar sus ecos en el oeste, que ha sido mi lema desde que me topé con los paradigmas de los orientales a través de una colección de textos del Tao que bajé hace tiempo por la red y que forman parte de mis lecturas ocasionales. Supongo que lo que caracterizará mejor al silencio interno taoísta, comparándolo con el valor que damos al «verbum» o palabra en el occidente, es que aquí lo convertimos en una expresión factual de imágenes o sonidos, según aquel texto célebre neoplatónico de comienzos de nuestra era: «In principio erat verbum» (al comienzo fue la palabra), que la tradición oriental cambiaría en «es imposible que haya logos si no precede el silencio». Y basten dos pequeñas citas del Tao: «Quien sabe no habla», de Tao Té King, y «La mente del sabio fondea en la quietud» de Zhuang Zi.
Pero hay hornacinas preciosas también en la cultura del occidente sobre el mutismo antes de expresar algo, o sobre el silencio en sí mismo, como el refrán árabe «callar es el muro que protege a la sabiduría», aunque el consejo de Lucio Anneo Séneca, «si pretendes que otro guarde silencio, comienza por callarte tú primero», no pasará de un consejo hábil como base del ámbito de la comedia humana que «se convertirá en el camino que nunca nos traicionará en la vida», pensaba Friedrich Wilhelm Nietzsche. Y he aquí otro para ilustrar el rol de la quietud entre nosotros: «El silencio es una felicidad a la que sucumbo siempre», de François Mauriac.
Y cómo terminar mejor la tarea vespertina, antes de arroparme en el misterio de lo que pasó durante la jornada, que tratar de conservarlo todo como testimonio de que aún vivimos. Yo suelo agarrarme a algún dicho que recuerdo de memoria, y este atardecer, antes de cerrar este párrafo final, me ha venido al recuerdo uno del «Lao Te Ching» de Lao Tse que nunca he tratado de cotejar porque ha sido mi compañero: «Aprende por fin a ser silencioso como el espejo. Simplemente escucha para que no se desvanezca tu energía vital», y pronto me derrumbaré entre las sábanas, pero antes de entregarme al silencio nocturno voy a cuestionar mi propia memoria: ¿Es verdad que los bazares chinos son menos bulliciosos que nuestros mercadillos callejeros?

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El demonio del mal como instinto del corazón Edgar Allan Poe

Viernes, 23 de septiembre, 2011

El demonio del mal como instinto del corazón   Edgar Allan Poe

Es más fácil describir lo bueno que nos ha pasado que lo malo que nos puede ocurrir, encontrando oídos atentos a lo mejor, excepto si leemos las malas noticias o las vemos en la pequeña pantalla, pues nos pueden afectar como ocurriéndonos a nosotros mismos.
Y es que no han cambiado las reacciones generacionales en verse atraídas por los escalofríos que producen los tiritones de las experiencias macabras. Lo delatan las carteleras de siempre, los pósters que cuelgan deshilachados bajo los puentes de las autopistas, pero sobre todo las crónicas de revistas y periódicos que se despliegan en cualquier sala de espera, pues desespera el no poder leer en aquellos momentos algo que calme el dolor de muelas o la pesadez de espalda, los males de siempre según vayas avanzando en edad.
Pero pasando al tema de lo que leemos, a mí siempre me ha afectado la unidad de vida y obra en los datos biográficos del escritor estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849), poeta maldito para algunos, que murió como consecuencia de sus despilfarros, víctima del alcohol y de las drogas. Nacido en Estados Unidos pasó sus primeros años en Inglaterra tras la muerte de sus padres, y prefirió escribir cuentos cortos a novelas, haciéndolo a veces en versos, como el poema del «cuervo», en que dialoga con él como con el eco de las acusaciones de su mala conciencia. Es una mezcla de superchería y malos augurios, pues el ave de plumas oscuras le sirve como un pentagrama de recuerdos terribles cuando supeditaba los momentos difíciles a sus propias flaquezas. Se le lee siempre a Allan Poe con el temor de que lo peor se va a apoderar de nuestras flaquezas más básicas, según él mantenía: «El demonio del mal es uno de los primeros instintos del ser humano», quizás esquivando enfrentarse a su vida privada.
El secreto del éxito contra el mal, escribió Virgilio en verso, está en no ceder en sus principios, pues de lo contrario se propagará fácilmente como las enfermedades. Platón lo achacaba a que no estamos preparados, pues nadie es malo por naturaleza, aunque, según él, «de virtud hay sólo una especie, pero de maldad demasiadas». Y las citas se multiplican en la Wikipedia, si bien he escogido la del sociólogo y economista Eric von Hippel, avisándonos de que nuestro mal comportamiento con los seres vivos puede resultar en nuestro propio detrimento: «El mal que cada uno lleva en sí, lo castiga duramente en todos los otros», como si encontráramos un placer aristocrático en desagradar a los demás, mantenía Charles Baudelaire, otro de los grandes analistas de los «poètes maudits».

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El amor y la sabiduría compartiendo el pensamiento. Leo Tolstoy (1828-1910)

Jueves, 8 de septiembre, 2011

Con la llegada de los calores veraniegos nos sentimos más semejantes los unos a los otros, no tanto en las playas y piscinas sino en el contacto real de lo cotidiano que no escapa a las utopías de los pensares.
No ha mucho, vi salir de una ermita campestre local una procesión de cortejos nupciales, que en la distancia parecían surcos de trigales veraniegos todavía sin segar. Y me imaginé historias y más historias de las que llenan los periódicos, las revistas del corazón o la pesadas crónicas televisivas de relleno de las tardes calurosas. Y es que de nuestras impresiones y recuerdos hacemos nuestros propios relatos como si se tratara del uso del sistema métrico decimal para ocultar lo que realmente pasó.
Pero toda esta parafernalia aburrida me hizo ojear la historia del escritor ruso Leo Nikolayevich Tolstoy (1828-1910), nacido de estirpe aristocrática en Nasnaya Polyana, una mansión ancestral al sur de Moscú que se puede reconstruir mentalmente siguiendo sus novelas: para animarme bajé por Internet su relato de la vida de «Ana Karenina» que había leído de joven, en que el amor compartido desafía todas las culturas, imponiendo sus propias leyes con premios y castigos; «Muchas familias felices se asemejan tanto o más que las desgraciadas, aunque sea de manera diferente», mantenía Tolstoy. Y lo evidenció refugiándose al morir en Astapovo, una estación de unión de líneas ferroviarias ahora célebre, donde su único acompañante y discípulo, Vladimir Chertkove, describió su muerte como la de un genio, abandonado de todos, parecida a las crónicas del calvario del Jesús de Nazaret o del Buda que expiró como naciera, bajo un árbol, de quien se recuerdan sus últimas palabras: «La decadencia es inherente a todo lo que existe».
Y quiero refugiarme de lo fácil bajando frases que hagan reflexionar que «nuestros primeros pasos en la vida pertenecen siempre al amor hasta que el Eros logre convertirse en pensamiento», diría Albert Einstein, quien hace recordar al Platón de los enamorados: «Con el amor todos se vuelven poetas». Pero, volviendo a lo cotidiano, a lo que pertenece el amor, del que diría uno de los analizadores del pensamiento de cada día, Blaise Pascal: «Nos enamoramos a base de hablar todo el tiempo del amor. Nada es más fácil». Pero habrá que evitar los peligros de la aventura romántica y peligrosa descrita en las novelas, en el teatro, en la televisión y ahora en la web o en Facebook, más que en la vida real. Ya en tiempos antiguos reflexionaba Sófocles sobre lo difícil de elegir sabiamente: «¿Me preguntas si debo o no casarme, cuando no podré nunca arrepentirme de haberlo o de no haberlo hecho?». Pues en ambos casos nadie escapa a las utopías de lo vivido.

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La luna de agosto acompañada de marte y de las estrellas fugaces. El Mito Maya del conejo y más.

Jueves, 25 de agosto, 2011

Me he perdido en la variedad de mitos sobre las fases de la luna, pero me han fascinado los relatos chimantecos sobre la familiaridad con que vivían como gemelos Ye (el sol) y Cy (la luna) en la casa de una anciana del Yucatán, acostándose y levantándose a sus debidos tiempos. Aún así, las leyendas de los mayas son una pasada: narran que las sombras de la luna las produjo el impacto de un conejo cuando el dios Quetzalcóatl lo transportó hasta la faz de la luna, para esculpir allí sus contornos: su oreja izquierda se convirtió en lo que ahora conocemos como el Mar de la Tranquilidad, la derecha en el Pélago del Néctar y el resto del cuerpo configuraría el Océano de las Tormentas, y fue precisamente allí donde aterrizó la nave espacial, Apolo XI el 21 de julio 1969.
Otra efeméride más cercana a nosotros fue el eclipse total de la luna el 15 de junio pasado, cuando la luz de Silene (la luna en la Leyenda de Osiris) se interpuso a la de Ra (el Sol), todo un espectáculo de sombras y matices de colores que fue seguido por millares de espectadores. Los hindúes interpretaban estos eclipses totales tratando de explicar los comienzos de nuestro mundo planetario: según sus mitos cosmológicos, el Sol y la Luna se enamoraron y, como resultado de aquella Luna de Miel, la tierra les sirvió de támalo nupcial, de la que se levantaría la Silene enrojecida de rubores para ser madre de todo lo que tiene vida. Pero no os perdáis la próxima llegada de Marte al mundo estelar de nuestro entorno. Será del día 27 de este mes en adelante cuando esté más cerca acompañada por los dardos de los dioses más primitivos, esas estrellas fugaces de las noches de agosto, descritas en las tablillas sumerias cuneiformes de hace miles de años como «el brazalete repujado» del asteroide Niburu.

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Ley y libertad en perfecta armonía Erasmus Rotterdamus

Jueves, 11 de agosto, 2011

Hay temas que afloran siempre, generación tras generación, sin que puedan resolverse completamente: por eso vuelven a aparecer, aunque con piel de oveja buena o de carnero rebelde.
Y es que debajo de la gamuza de charol, con gritos de «Vive la Liberté», se presiente la dificultad de definir en términos exactos en qué consisten la ley y la libertad sin caer en el desenfreno, ya que resulta difícil definir la una sin la otra, pues han de mantenerse en perfecto equilibrio para que puedan funcionar independientemente. «Sus variantes se pueden incluso aplicar al arte, a la filosofía o a la vida política, según estemos motivados por los sentimientos, por el pensar libre o por el derecho a pensar de otra manera», matizaba Victor Hugo en unos tiempos en que las revoluciones hacían zozobrar las vidas de los ciudadanos, y G.W.F. Hegel insistiría en que la Historia no era más que la conciencia de haber logrado solucionar este entuerto entre generaciones.
Si es famoso Erasmo por alguna cosa es porque enseñaba que sólo se resuelve el respeto a las opiniones de otros al reconocer que todos somos diferentes. Había nacido en el Rotterdam de los Países Bajos, ahora Holanda, en 1466, en plena campaña de Reforma-Contrarreforma que bifurcó a la Europa naciente en dos direcciones. Fue un periodo marcado por la cumbre del Renacimiento Humanístico, dentro del cual el pensador de Rotterdam brilló como una de sus cumbres majestuosas. Los lugareños le conocían como Geert Geertsen, el hijo de Gerardo, pero su nombre será para siempre Erasmus Rotterdamus, en latín, con que solía firmar sus obras por respeto a los clásicos de la cultura occidental. Es conocido como maestro de los maestros por sus célebres «Adagia» o refranes que escribía como comentarios a escritores latinos antiguos o a sus experiencias cotidianas, y se conservan más de 4.500.
Le tocó diferir de las opiniones de sus contemporáneos sobre la libertad de opinión y de los sistemas educativos, rechazando el concepto luterano de que sentirse libre implica ser esclavos de la ley («de Servo Arbitrio», escribió Lutero) y tampoco aceptaba la educación tradicional de su tiempo, que definió como «el quebranto de la voluntad», describiendo sus sistemas como «cárceles de la libertad». Resolvió el cotarro de que es imposible solucionar la «oppositio in terminis» que otros verían entre la ley y la libertad» con su adagio «La felicidad es el resultado de ser lo que uno es». Muchos aforismos latinos vienen aquí al caso: el «nequid nimis» (no te pases) o «virtus in medio consistit» (la virtud está en el término medio); por eso me encanta leer a Erasmus, ya que rechaza el trabajo que implique rutina, pues no sirve para el aprendizaje.

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Psicología canina in praise of Zuri Ivan Patrovich Pavlov (premio Nobel 1904)

Jueves, 28 de julio, 2011

No es fácil determinar lo que marca el paso a paso de nuestras vidas, pero con frecuencia las historietas más anodinas van a ser las que permanecerán para siempre en la memoria.
Llevo pasando y repasando varios días los axiomas de las escuelas conductistas más recientes, analizando casi microscópicamente a los canes a través del examen de los estímulos físicos que condicionan sus reacciones. Fue Ivan Petrovich Pavlov quien lanzó primero la pelota, y le hicieron el rebote de juego J.B. Watson, B.F. Skinner y A. Bandura en el frontón del espectáculo de los experimentos sobre los procesos mentales. Ahora los hay que la aplican por Internet al control de los caninos, rellenando webs con docenas de «you-tubes» en la pequeña pantalla, que permiten imaginar el mundo mental de las mascotas reaccionando a los cambios de un mundo siempre en movimiento. Lo extraño es que me hacen revivir los innumerables años que he vivido bajo el influjo de las mascotas y que han marcado mi vida.
Ya de pequeño, mi padre, Don Eduardo, insistía en que la conducta de los seis hermanos en grupo la debía controlar un perro ratero, de nombre Perico, que nos enseñaba a jugar tumbados en el suelo para evitar las contiendas. Konrado Lorenz mantendría que si los pequeños quieren vivir con una mascota es porque se trata «tout simplement» de recobrar nuestros paraísos perdidos, mientras que el voluntarista Arthur Schopenhauer lo aplicaba al mundo de los sentimientos más íntimos: «El que no ha tenido un perro», mantenía, «no sabe lo que es querer y ser querido», con todas sus consecuencias.
A mi última mascota -he tenido muchas hasta en colegios privados ingleses- la llamé Zuri, que para otros es Blanca, o White, pues es lo mismo. Es linda sin pretensiones, fuerte sin insolencias y valerosa sin ferocidad. Enseña a los peques de nuestro barrio a aprender el «fair play» o juego limpio, que es la base para comportarse sin violencia, y tiene el sentido del humor, por lo que no me extraña si es verdad lo que me repetía mi radioterapeuta al examinar mis placas radiográficas en el Hospital de San Jaime en Torrevieja: «compartimos con el “cannis communis” más del 60 por ciento de los genes». Si los canes se entienden mejor con los pequeños que con los adultos será porque sus IQs o análisis de comportamiento no superan nuestros cinco primeros años de felicidad. Decía el poeta: «Nuestra infancia termina irremediblemente cuando caemos en la cuenta de que somos libres». Terrible cosa es ser libre, según Lutero, sobre todo para decidirse a abandonar a un perrito en la calle.

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«Tamquam tabula rasa» Los dos niveles en la educación según Aristóteles de Estagira.

Jueves, 14 de julio, 2011

El tema se me ha ocurrido esta mañana de julio al ver las preparaciones que se hacen en Iruña/Pamplona para que los toros no se salten las barreras de la calle Estafeta. Y es que confundimos la educación con el comportamiento, sobre todo el de los más inexpertos.
El médico inglés Ronald Gibson se hizo famoso de la mañana a la noche por una conferencia de cinco minutos que apareció en todos los medios de comunicación del Reino Unido. La tituló: «Conflictos Generacionales», que ya eran «news» en el mundo occidental, pero no para él, que confundiría el tema sempiterno de los que no saben cómo funciona el sistema educativo: «¿Quién dijo que la juventud de ahora resulta indomable?», se preguntó ante los asistentes al acto y su respuesta sorprendió a pequeños y mayores: «Pues nada más y nada menos que Sócrates, el maestro de la moderación, y Hesiodo, pero mucho antes se encuentra en la inscripción cuneiforme de una vasija de Bagdad de hace más de 4.000 años».
Pero vayamos a Aristóteles, que fue el primero en analizar los niveles del sistema educativo desde el punto de vista de la filosofía. Había nacido en Estagira, Macedonia, cerca del monte mítico Athos. Reflexionando sobre los años de su niñez, recordó el entrenamiento que le dieron sus padres, mencionando la «Cartilla de madera» que llevaba diariamente a la escuela (sxoleio). Tenía que rasparla cada poco para volverla a cubrir de cera, sobre la que escribiría las enseñanzas. «Tamquem tabula rasa», como una tabla limpia definió a la mente cuando nacemos, con la primera página totalmente en blanco, sobre la que vamos anotando lo que aprenderemos más tarde con la experiencia. Su contribución a la historia del pensamiento nos muestra la otra cara de la filosofía de Sócrates, a quien completó desde el nivel creacionista el otro coloso griego, Platón. El Maestro de los Maestros, sin embargo, permaneció incólume entre ambas aguas y su «sólo sé que no sé nada» será el motus primus de infinidad de interpretaciones durante los últimos 2.500 años.
La frase aristoteliana «tamquem tabula rasa» ha pasado a ser un aforismo, de los muchos griegos y latinos que perduran en nuestras lenguas occidentales tras la desaparición de las lenguas madres sustituidas por el griego y el latín. He topado con más de cincuenta en mi colección particular, que vienen «ad hoc» (a propósito), pues los utilizamos «ad libitum» (a nuestro gusto), «velis nolis» (quieras que no), y me encanta cuando me quedo «in albis» (en blanco) cuando descansa la mente al no tener nada que hacer.

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El mundo de la música. Segunda entrevista con Angel González Martínez

Jueves, 30 de junio, 2011

Mucho ha evolucionado dentro y fuera del Grupo Coral e Instrumental «Lirica Nostra» para que sea publicada una segunda crónica de las actividades de su director, Ángel González Matínez. La primera apareció en El Periódico en diciembre de 2010 y versó mayormente sobre la música en general, a la que añadiremos estos datos sobre su director en forma de entrevista.
J.O.: ¿Podrías añadir detalles de tu vida personal y profesional que pueden interesar a los componentes del grupo «Lirica Nostra» y a a los lectores de El Periódico?
A.G.: Nací en la capital del antiguo Reino de León, donde estudié música desde muy joven en el Conservatorio, ampliando más tarde mis estudios en los Conservatorios Bruc de Barcelona, Badalona y Alicante.
J.O.: ¿Cómo definirías la música en la que llevas trabajando ya 45 años, de los cuales 16 en Torrevieja?
A.G.: Mantengo la misma definición que aprendí a mis nueve años en el Conservatorio como el arte que se expresa combinando sonido y ritmo.
J.O.: Ésto coincide con la que se viene dando desde que el ser humano lograra controlar el mundo de lo melódico. ¿Qué planes tienes para tu futuro inmediato aquí en Torrevieja?
A.G.: Quisiera implantar el coro «Lirica Nostra», con más instrumentistas y un repertorio más amplio, en el mundo lírico de la ópera y de la zarzuela.
J.O.: ¿Piensas limitarte a dar conciertos en la Vega Baja alicantina?
A.G.: Bueno, hemos actuado aquí y también fuera. Nuestro grupo está formado por cantantes e instrumentistas de 13 nacionalidades, muchos de ellos de la Comunidad Europea y de Ucrania, Rusia, Suiza y últimamente de países latinoamericanos, como Argentina, Colombia y Uruguay, que ayudan a ampliar el repertorio de «Lirica Nostra». El público aplaude zarzuelas con motivos regionales; de Torrevieja, Madrid, Murcia, etc.
J.O.: ¿Hasta qué punto piensas llevar a cabo estos experimentos a las salas de música?
A.G.: De momento, sólo hemos tocado pequeñas escenas picantes de obras del gran repertorio, pero estamos proyectando ahondar más en alguna ópera, o zarzuela.
J.O.: Además de reforzar tus trabajos de director de orquesta y coro por la ABRSM de la London Royal School, te dedicas igualmente a la composición de obras de música. ¿Podrías detallar algunas?
Á.G.: Bueno, he compuesto varias canciones tales como «Maquetús», «Calella» y «Burgos», además de obras para teatro en el Festival de Teatro Internacional de Sitges. He participado en el proyecto Cooperación Global por un Mundo Mejor organizado por Mensajeros para la Paz con una obra mía y he hecho arreglos de instrumentación y orquestación. También he compuesto música de Ópera Rock.

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El desarrollo de la palabra y la personalidad humana Eugène Ionesco (1909-1994)

Jueves, 16 de junio, 2011

Nada más admirable que observar el momento en que una persona comienza a descubrir lo que será su lengua madre o el fenómeno de quien por primera vez se sumerge en un segundo idioma, aunque sin perderse en la maraña de la pronunciación de sonidos que desconoce.
Trato de recordar la imagen de una criatura de unos 9 años que me salió al paso en un bazar de 24 horas, de cara mongólica, que me hablaba en perfecto español. Me confesó que conocía varios idiomas más, entre otros el ruso y el inglés, además de su lengua madre, el esloveno, que pronunciaba con mayor desparpajo que las otras. Y es que hoy se toma muy en serio el fenómeno del bilingüismo, pues es como una puerta al aprendizaje de otros idiomas. El control de las palabras no sólo será un medio de comunicación, sino que nos hará descubrirnos a nosotros mismos como pensantes. «Pienso, luego soy», diría el filósofo galo René Descartes, iniciador de la filosofía moderna, que bien se podría valuar como «cuando hablo, puedo descubrir lo que pienso».
Otro escritor francés, Eugène Ionesco, si bien de origen rumano, pertenece, con S. Beckett y Tom Stoppard, a la generación del teatro del absurdo, para quienes el fenómeno de la palabra pertenece al género de lo incomprensible. Es famosa su obra de teatro «La Leçon», dándonos a entender que «en el aprendizaje de los idiomas, la interacción entre el profesor y el alumno se desarrollará a través de la incapacidad mutua de darse a entender». Me ha tocado pasar por esta experiencia siempre que me trasladaba a otro país, pues, al tener que darme a entender rodeado de gentes que se expresaban diferentemente, se quebraba la idea de la interrelación del vocablo y del pensamiento, aunque me ayudara a lograrlo a través de otro idioma. Los sistemas MULTILINGUAS están, sin duda alguna, en periodo de experimentación, pues procuran aprovechar  estos hallazgos al introducir traducciones simultáneas que, en casos como el «TRADUKKA» de Google, puede servir de guía para el aprendizaje de frases, cayendo en la cuenta de que no es lo mismo el lenguaje hablado que el escrito, puesto que funcionan diferentemente.
Los pensadores de todas las culturas aprovechan el análisis introspectivo del uso de la palabra para conectar el uso de la palabra con el fenómeno de caer en la cuenta de que es a su través como llegamos a desarrollarnos como seres conscientes, y el maestro chino Lao Tse lo expresó maravillosamente en una de sus frases célebres que ya no conoce fronteras: «Las palabras elegantes no suelen ser sinceras», matizaba, «y las sinceras no suelen ser elegantes», que nos conduce a aquello de «hablo y me reconozco».

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