¡Árido corazón! (II)

La niñita, en su inocencia, besaba la mano de mi madre: «¡Dios la bendiga: usted sí que nos entiende, porque tiene hijos y sabe la pena de mi madre, cuando le pedimos pan y no lo hay!». «¡Anda, pequeña: vete a casa para que os dé tiempo a hacer la comida!». Eso sucedía siempre. Durante años, vi crecer a Merceditas, algo mayor que yo, hasta convertirse en mocita, tener novio, casarse y parir una hija. Hay un hecho que quedó grabado en mi memoria, por su crueldad: Había llegado la recogida de la patata, y aquella malvada mujer pidió a su hermano que le enviara a los niños para ir detrás del arado, llenando los sacos. Un mes estuvieron aquellas pobres criaturas dejándose el pellejo en los campos, trabajando de sol a sol, comiendo las sobras que su propia tía les daba y durmiendo todos juntos en un jergón de cuadros azules y blancos, llenos de panojas de maíz y chinches. Al acabar la recogida y llenos los departamentos a rebosar de patatas, Merceditas pidió a su tía que le llenara la cesta, pero ella, moviendo la cabeza, denegando, como era su costumbre, repetía: «¡Están tan escasas…! ¡Están tan…!».
El tiempo fue corriendo, Merceditas y sus hermanos crecieron, haciéndose con sus familias y su posición en la vida, en lo que la tía envejecía y se llenaba de achaques.
Los señores la jubilaron, con gran decepción por parte del ama de llaves, que se creía imprescindible. Se trasladó a la casa que se había comprado, con los ahorros de toda su vida: una gran mansión con 7 dormitorios, desván, amplio patio trasero, de altas bardillas, para que nadie tuviera acceso a sus propiedades, sobre todo los amantes de lo ajeno. Allí se instaló como una reina, sin hacer partícipe a nadie de su familia de ese bienestar, mas viendo que los sobrinos, que a pesar de todo la seguían queriendo…

Continuará…

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