¡Árido corazón! (III)

…no vivían tan boyantes. Se dedicó a la jardinería y la horticultura, sembrando rosales, azuladas hortensias, rojos claveles y perfumados jazmines: en otro rincón del huerto habilitó un trozo de terreno, plantando tomates, pimientos, cebollas…: Por todos lados se podían oler las fragancias de las yerbas aromáticas, como el tomillo, romero, espliego, etc. No se codeaba con ninguna vecina, porque, en cierto grado, se consideraba superior a ellas; solamente se sentía feliz acudiendo a misa cada día a la parroquia de Trinidad, próxima a su domicilio. Las monjas, que se olieron «la tostá» de que era viuda y sin hijos, empezaron a lavarle el coco con el fin de quedarse con la casa y hacer en ella un taller de costura para las pupilas. Había llegado el invierno y, con él, sus rigores, de manera que, una mañana, al volver de misa, desayunando y limpiando la casa por dentro, se puso a barrer y regar la acera, con tan mala (o buena) fortuna que se resbaló, partiéndose el fémur y, aunque era una misántropa, acudieron las vecinas presurosas a ayudarla. El médico dijo que tenía que atenderla alguien, ya que no podría mover la pierna hasta que se le bajara la inflamación para ser operada. Mandó llamar a Merceditas, que puso como condición que, si la cuidaba, era a cambio de la cesión de aquella casa, bajo notario y abogado, y si no, que se las apañara sola, lo mismo que ellos hicieron de pequeños. No tuvo más remedio que «tragar», ya que nadie la quería atender, ni aún pagando, pero ella, con su eterna «mala leche», repetía: «¡Esta casa era para las Hermanitas de los pobres y no para ti!». A lo que la sobrina respondía…: «¡Pero ahora es para mí y mi hija. Las “hermanitas”, que lo suden como yo!». Merceditas sabía que el peor castigo para su tía era que ella tuviera que atenderla en su vejez.

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