El emocionante silencio antes de los aplausos

Me van a permitir que haga mi propia definición de la publicada por Wikipedia de Genio o Genialidad.
La genialidad se asocia típicamente a logros sin precedente, a logros creativos, a logros originales o a logros universales.
No existe una definición científica precisa de genio, y la cuestión sobre si la noción en sí misma tiene algún significado, ha sido largamente debatida.
El término es utilizado en varios sentidos: para referirse a un aspecto particular de un individuo, o al individuo completamente; a un conocedor de muchas disciplinas o un conocedor de un área en particular.
Permítanme nuevamente que sea mi visión particular de estas definiciones la que me lleve en este octubre de 2017 a ampliar un concepto nuevo: Los momentos geniales.
Esta pequeña reflexión me viene inspirada por mi buen amigo y médico Manuel Antonio Ballester Herrera.
No es que Manuel Antonio esté en las portadas de las publicaciones o en la cima del doctorado o en el reconocimiento de la sociedad por sus grandes logros, reconocidos o no. «Doc», como así le llamamos entre los amigos, es una persona normal, con la pasión y la dedicación que pone en todas las cosas de su vida, para él mismo y sobre todo para los demás.
Manuel, yo sé que no me vas a perdonar esto que estoy haciendo y las cosas que estoy diciendo, por tu sencillez y humildad, y sobre todo por tu gran humanidad con los demás.
Para nuestra desgracia, la vida es fugaz. Todas las personas viven y, cuando se están yendo, se acuerdan de todas las cosas pendientes que pudieron hacer y no hicieron.
La banalidad de la sociedad actual está basada en alcanzar el éxito en cualquiera de sus facetas y sobre todo en lo económico para llevar una vida más confortable, más cómoda.
Pero «Doc» es el auténtico buscador de los momentos geniales, esos momentos especiales, esos momentos importantes ante las preocupaciones de los demás.
Todos aquellos que creemos en él, es más, todos los que le profesan una fe ciega para solucionar sus dolencias o sus falsas frustraciones quedan en dejarse tocar o escuchar sus palabras como pócima milagrosa, aunque él no lo quiera reconocer.
Te diré amigo mío… Eres ese gran cantante o ese cantante desconocido que, cuando se sube al escenario, canta con emoción, canta con la gente emocionada escuchándole, y que, cuando termina de cantar, la emoción extasiada de la gente ha quedado paralizada, sin capacidad de reacción, hasta que rompen a aplaudir en una interminable ovación llena de lágrimas en los ojos.
Es por esto que los grandes pequeños momentos de nuestra vida deberían estar llenos de esos grandes momentos geniales, para poder llenar los inexplicables vacíos de nuestras vidas, pero, es más, es necesario que cada uno de nosotros, en cualquier momento o en cualquier lugar, a través del medio o método que podamos utilizar, demos a conocer cada uno de nuestras experiencias emocionantes, cada una de nuestras emociones, para ser compartidas y conocidas, y, sobre todo, para que no caigan en el olvido.
Pero sí pido, por favor, que todas esas emociones, todas esas experiencias sean reales, sean verídicas, que no sean inventadas, que no sean imaginarias, que no sean emociones sectarias, sino aquellos momentos que sean capaces de arrancarnos unas lágrimas.
Que sea la historia y la propia sociedad quien califique a los genios o las genialidades.
Hay infinidad de situaciones desconocidas que inspirarían nuestra admiración y nuestra lealtad a rectificar nuestras fatales ambiciones de vivir sin hacer nada para ayudar a resolver las necesidades de los demás.
He aquí que, como los docentes de la comunicación hacen la distinción entre necesidades y problemas… Todos tenemos problemas que antes o después se podrán solucionar, pero solucionar las necesidades depende de esas personas maravillosas que, durante unos momentos de genialidad, son capaces de aportarlas.
Un solo ejemplo: un partido de fútbol de benjamines o pre-benjamines que, durante el transcurso del juego, el portero estaba caído y dolorido y, sin la maldad que puede tener un niño de esa edad, continuó la jugada marcando un gol ante ese otro niño caído y dolorido. Ante su propio estupor, lo que tendría que haber sido un acto de alegría, se convirtió en un momento de confusión, preguntándose: ¿por qué la gente no se alegraba de lo que había hecho, si era lo que debía hacer? Seguía preguntándose: ¿Qué he hecho mal?
Nadie le recriminó, al contrario, le permitieron su confusión y la posibilidad de repararla. A continuación, su equipo permitió sacar de centro al equipo rival, a sus contrarios en el juego, y, sin realizar oposición alguna, les permitieron marcar un gol, sin la celebración más que aplaudir a esos rivales con su actuación. Pero la mayor ovación vino de las gradas, de los no participantes. Ese largo y gran aplauso de los asistentes fue interpretado por el juez árbitro como el gran momento sublime para que esos pequeños niños, todos juntos, recibieran el reconocimiento de que cualquier error, por desconocimiento o confusión, que se hubiera cometido, había sido enmendado sin ninguna clase de polémica o controversia.
Ese emocionado silencio ante la actitud de los niños parados, dejando jugar a los otros, se convirtió en la ovación más alargada y más gratificante para los niños, pero en la mejor lección para los mayores. He aquí uno de los tantos momentos geniales.
No pretendamos ser unos genios, simplemente, aportar alguna vez de un momento genial o participar con aquellos que pueden crearlo.
Espero con ansiedad que todos aquellos que se emocionan fácilmente nos cuenten aquellas situaciones que fueron inevitables, se pudieron evitar. O aquellas personas que anónimamente tuvieron una ilusión de conseguir algo en la vida, alguien les dio una oportunidad y pudieron vivir su momento genial.
Me gustaría que fueran tantas las historias que pudiéramos escribir tantos libros como fueran necesarios para que las nuevas generaciones tuvieran constancia de las mismas y perduraran para siempre.
Genios, genialidades y momentos geniales son de la mayor necesidad en el mundo que actualmente vivimos.

Manuel Gómez-Pardo Bellod

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


*