La lava de Pompeya

La semana pasada, el maná de la Diputación cayó del cielo y repartió su ración de diezmos y ofrendas a los próceres de la provincia. Algunos parece que no han roto un plato en su vida, pero hay toda una vajilla Flora Danica destrozada en el purgatorio de los sostres.
Por Torrevieja, sobre el primer edil torrevejense, el maná provincial derramó 73.240 razones, que, divididas por catorce pagas, alcanza para llegar a fin de mes holgadamente, 73.240 razones para estar más pendiente de la estética que de las facturas del agua y la luz. 73.240 razones para poder dedicarse al cien por cien a la actividad política. Y no me parece ni mal ni bien. Y la sentencia que proclaman algunos a voz en grito de si es mucho o poco me supera, no me interesa. No seré yo quien critique a nadie por cobrar por su trabajo.
Lo cierto es que el tema de las retribuciones de los políticos es un tema candente, donde la temperatura corporal alcanza los grados de la lava de Pompeya. Y en el que los guardianes de las últimas esencias de lo que se ponga por delante pregonan sin disimulo alguno que los aspirantes a la cosa pública municipal deberían trabajar exclusivamente por un plato de comida. ¡¿Qué es eso de cobrar?! -gritan sin el mínimo rubor o quisieran gritar secretamente.
En Torrevieja este asunto ha estado especialmente enredado en dimes y en diretes, en la siempre evanescente futilidad del morbo mediático. Y lo que ha pasado creo que hace flaco favor a la imagen de la política local. Y no es la mejor manera de principiar este mandato, por mucho levantamiento de reparo que le metas.
La actitud del alcalde del PP, Eduardo Dolón, en este asunto ha sido, a mi juicio, equivocada. Y deja en muy mal lugar la ética y la estética que debiera guardarse para estos asuntos. La labor de la oposición es de vital importancia para la democracia, y dotar a ésta de los medios materiales y logísticos necesarios para desarrollar su cometido está recogido por ley. Y la capacidad de los propios grupos municipales de distribuir internamente las retribuciones no debe ser cuestionada o, literalmente, anulada, por nadie. Y mucho menos pueden disminuirse o alterarse las retribuciones aprobadas por el Pleno en función del voto emitido en el mismo por la oposición, dándose a entender que aquí el que se mueve no sale en la foto ni en la nómina municipal. El mensaje y la consecuencia que se traslada a la ciudadanía es absolutamente perverso.
Bueno sería que cara al futuro fuésemos capaces entre todos los grupos con representación municipal de articular un mecanismo con el que salir airoso de estos menesteres, con el que no diéramos la impresión de que todo se reduce a una especie de mercado persa, donde todos aspiran al mejor postor. Y donde el alcalde de turno juega la partida con las cartas marcadas del decreto azaroso del: o conmigo o contra mí.
La democracia no era esto.

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