La tormenta, el destino y una declaración de amor

Llegados a este punto, no me queda más remedio que reconocer mis limitaciones, que no son pocas. Las prisas nunca han sido buenas consejeras y en esta ocasión no iba a ser diferente. Nada hay en la vida que un poco de vértigo no lo eche todo a perder, bastan unas gotas de premura para que el protagonista que aspiramos a ser se precipite por la porosa línea del fracaso. Y el fracaso lo único bueno que tiene es que nos da la oportunidad de volver a levantarnos.
Anoche, una tormenta eléctrica jugueteaba sobre el horizonte por poniente, la luz rasgaba la oscuridad como ese abrazo imposible que no alcanza a abarcar lo que se ama, iluminando, por un brevísimo instante, la inmensidad de una noche que quiere reinar pese a quien le pese. Hay algo de inaprensible en el transcurrir del tiempo, un algo que se nos escapa sin remedio, una naturaleza que no atiende siempre a la física obstinada de Newton. A Dios gracias.
A veces un instante puede convertirse en una eternidad, en un lugar al que regresar tantas veces como se quiera. Aunque la eternidad ya haya dejado paso a la finitud obstinada del presente que se escapa, y todo sea un erial frío, ese instante, aquel en el que el tiempo se ha detenido, acaba por justificar una existencia, por pintar con un rotundo vale la pena la respiración siguiente.
No puedo ocultarles que no tengo ni la más remota idea de por dónde salir. Que según los clásicos, dicho sea de paso, es la mejor manera de decir aquello que se quiere decir verdaderamente. Cuando no sabemos cuál es el destino, todos los caminos terminan por llevarnos hasta él.
Y llegó el día de después, con su promesa de no te olvidaré incorporada de fábrica. Pero todos sabemos que el olvido tiene excelente memoria y tarda en llegar, como mínimo, un desamor y dos desolaciones después. Cuando el alma se desata con un te amo al atardecer, la vida vida se torna brevemente en un anticipo de lo que puede llegar a ser el paraíso, si finalmente éste está ahí.
Recojo, pues, el racimo y las uvas, arrío las velas y el deseo. Cae la tarde y se asoma por levante la ternura de una confesión a media voz. No sé, perdónenme el desvarío, pero estoy viendo a Cleopatra y Marco Antonio encendidos de pasión en mitad de la bahía. Hoy no puedo escribirles otra cosa que no sea una declaración de amor.

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