¿Quién eres? ¡No te conozco!

Allá, en la hondonada, quedó la madre, viendo cómo partía la comitiva en la que iba su hija, Magdalena, de 17 años, ya no hija suya, sino esposa de otro. El yerno cabalgaba sobre un brioso caballo alazán, el primo de éste, en un ruano y su hija, montada a la amazona, en su yegua Frixia, ajaezada con gualdrapas de brillantes reflejos, seguida de la acémila, cargada con el ajuar de la novia… Randas, encajes, sábanas de Holanda…. Mientras la madre agitaba un pañuelo blanco, para decirle adiós a la niña, con la otra se enjugaba las lágrimas. A su corazón parecía como si alguien lo estrujara y le faltaba el aire. No le gustaba aquello y tenía una premonición. ¿Cuándo se equivoca una madre? ¡Nunca! Parecía que ese cordón umbilical, a pesar de ser cortado al nacer la criatura, fuese un lazo mágico que siempre las uniría. Allí estuvo estática, hasta que la loma, al ser remontada por los jinetes, los ocultó en su bajada al siguiente valle, pero aún así, aquella mujer permaneció un rato esperando que se obrase un milagro y ver volver a su Magdalena. Lanzó un suspiro, se restañó las lágrimas y entró en la casa. No pudo dormir en toda la noche pensando en aquel singular casamiento…: Los novios ni se conocían, sólo su esposo y el padre de él habían dispuesto los esponsales. A ella, aquel hombre, que desde hoy había pasado a formar parte de su familia, le parecía siniestro, misterioso y de mirada huidiza ¡Mala señal cuando alguien no mira de frente, signo de traición! La oscuridad nocturna traía ruidos extraños, ramas que llamaban a los cristales agitadas por el viento, perros aullando en la explanada, una contraventana porteando y dando golpes en la pared…

Continuará…

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