Nacido para perdurar

La muerte del abuelo supuso un trauma para Pepito, pues, con sus 5 años recién cumplidos, perdió a quien más quería. Sus padres se iban al trabajo y el abuelo, Juan, le llevaba al cole, parque, paseo; le acunaba y se dormía en sus brazos, incluso comía con él en la mesa de los mayores: en cambio, los padres decían que los niños debían comer aparte. La deferencia que su abuelito tenía para con él le hacía sentirse un hombre y no el «mocoso» con que su madre le tildaba.
Por las noches tenía pesadillas y se despertaba llorando: «¡Abuelito, no tengas miedo porque es de noche; yo estoy contigo!». El primer domingo que fueron a la tumba, con flores, Pepito se empeñó en ir y no hubo modo de disuadirlo. Eran las primeras horas de la tarde de un día de agosto, con un calor de justicia, y las chicharras atronaban los oidos con sus cantos de amor. Mientras la madre limpiaba el mausoleo, cambiaba el agua al florero para poner las nuevas, el niño se dedicó a observar el entorno, así, vio álamos, cipreses y un pino piñonero que daba sombra al lugar. «Mamá», dijo, «el abuelo no pasará calor con este pino que le da su sombra, si no lo pasaría fatal con tanto calor». Cuando las piñas se abrieron, Pepito tomó una del suelo que estaba bierta y se la guardó; al día siguiente sembró 3 piñones juntos, les hizo una poza alrededor, colocó 4 piedras y lo regó. Los padres se miraron, admirados. «¡Quiero tener algo del abuelo para mí. Estos piñones han vivido junto a su lápida!». «Pero, hijo», dijo papá, «no creerás que van a arraigar». «¡Sí, papá. Quiero que se haga un árbol, así, el día que yo sea viejo, mis nietos podrán sentarse a su sombra!». «¡Pobrecito», exclamó mamá, dándole un beso en la coronilla, «¡qué inocente es!». Al cabo de 30 años, ese pino se destacaba en altura y frondosidad del resto de los árboles del jardín. Ahora, en 2014, aún sigue en pie y José (Pepito) ya es abuelo.

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