Harold Pinter, o el universo absurdo de la tragedia

Yo siempre he considerado que el teatro nos hace pensar que la vida está homologada con los personajes que aparecen en las escenas de una obra de teatro; es decir, que nos puede producir el efecto de vernos implicados en infinidad de vivencias. Estará, pues, en el instinto de un buen dramaturgo, más que en el del productor, el ser capaz de rebobinar indefinidamente a cantidad de caracteres para que se conviertan en carne y hueso según el número que asista a su representación. Yo lo llamaría universo de la vida más bien que mero espectáculo.
La obra de arte, y sobre todo en el teatro, quiebra la lógica del pensamiento al ser capaz de desdoblarse sobre sí misma, produciendo el fenómeno de la reflexión como base de la conciencia que Harold Pinter describiera como disparatado. Son célebres los comentarios que hiciera al aceptar su Premio Nobel de Literatura en Estocolmo en 2005, al reconocer que sus escenarios no eran más que tratamientos de la inseguridad humana dentro de la cual «resulta imperceptible una separación entre lo verdadero y lo falso, la realidad y la ficción». Lecciones máximas que relacionarían lo que somos con lo que soñamos, descorriendo la cortina del escenario de cada uno para probar que tenemos que representar la comedia o la tragedia que nos toque sin que podamos evadirnos. Lo extraño es que entonces nos sintamos más libres y en realidad lo somos porque la vida no es más que ese finísimo hilo compulsivo que nos conecta con las fuentes de la energía que rige todo el universo.
A cada entablado de lo que somos corresponde, pues, un texto adecuado, que es lo que hará de la obra de teatro una puesta en escena en la que se representa lo real. Por eso, el impacto a nivel mundial de la muerte del dramaturgo londinense Harold Pinter un 24 de diciembre de 2008 ha demostrado que sus obras tenían mayor auditorio que quienes se acercaban a su féretro, porque han sido noticia y no cierre de escena por falta de audiencia.
Las situaciones teatrales, sean cómicas o trágicas, no son más que un engranaje que cobrará sentido cuando nos examinemos, pues la separación entre lo pensado y lo que ocurre resulta  prácticamente inexistente en el tablado del pensamiento, pero sirve para un análisis existencial de lo inseguro que resulta ser el mundo en que se mueve el ser humano. Por eso, Harold Pinter se ensañaba contra quienes se sienten demasiado seguros en ese campo tan sutil como son las interrelaciones humanas; y el teatro, según él, sería el lugar más adecuado para llevar al absurdo esas situaciones antes de que terminen en tragedias.

HECHOS Y DICHOS
Hay muchas verdades en el arte dramático que se enfrentan las unas contra las otras, aunque no se comprenda lo que quieren decir.  Harold Pinter

A MODO DE COMENTARIO
El teatro sería disparatado si sólo se dirigiera a un pequeño grupo de entendidos.

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