El amor y la sabiduría compartiendo el pensamiento. Leo Tolstoy (1828-1910)

Con la llegada de los calores veraniegos nos sentimos más semejantes los unos a los otros, no tanto en las playas y piscinas sino en el contacto real de lo cotidiano que no escapa a las utopías de los pensares.
No ha mucho, vi salir de una ermita campestre local una procesión de cortejos nupciales, que en la distancia parecían surcos de trigales veraniegos todavía sin segar. Y me imaginé historias y más historias de las que llenan los periódicos, las revistas del corazón o la pesadas crónicas televisivas de relleno de las tardes calurosas. Y es que de nuestras impresiones y recuerdos hacemos nuestros propios relatos como si se tratara del uso del sistema métrico decimal para ocultar lo que realmente pasó.
Pero toda esta parafernalia aburrida me hizo ojear la historia del escritor ruso Leo Nikolayevich Tolstoy (1828-1910), nacido de estirpe aristocrática en Nasnaya Polyana, una mansión ancestral al sur de Moscú que se puede reconstruir mentalmente siguiendo sus novelas: para animarme bajé por Internet su relato de la vida de «Ana Karenina» que había leído de joven, en que el amor compartido desafía todas las culturas, imponiendo sus propias leyes con premios y castigos; «Muchas familias felices se asemejan tanto o más que las desgraciadas, aunque sea de manera diferente», mantenía Tolstoy. Y lo evidenció refugiándose al morir en Astapovo, una estación de unión de líneas ferroviarias ahora célebre, donde su único acompañante y discípulo, Vladimir Chertkove, describió su muerte como la de un genio, abandonado de todos, parecida a las crónicas del calvario del Jesús de Nazaret o del Buda que expiró como naciera, bajo un árbol, de quien se recuerdan sus últimas palabras: «La decadencia es inherente a todo lo que existe».
Y quiero refugiarme de lo fácil bajando frases que hagan reflexionar que «nuestros primeros pasos en la vida pertenecen siempre al amor hasta que el Eros logre convertirse en pensamiento», diría Albert Einstein, quien hace recordar al Platón de los enamorados: «Con el amor todos se vuelven poetas». Pero, volviendo a lo cotidiano, a lo que pertenece el amor, del que diría uno de los analizadores del pensamiento de cada día, Blaise Pascal: «Nos enamoramos a base de hablar todo el tiempo del amor. Nada es más fácil». Pero habrá que evitar los peligros de la aventura romántica y peligrosa descrita en las novelas, en el teatro, en la televisión y ahora en la web o en Facebook, más que en la vida real. Ya en tiempos antiguos reflexionaba Sófocles sobre lo difícil de elegir sabiamente: «¿Me preguntas si debo o no casarme, cuando no podré nunca arrepentirme de haberlo o de no haberlo hecho?». Pues en ambos casos nadie escapa a las utopías de lo vivido.

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